Durante 55 años creí que mi prometido había desaparecido en la guerra, hasta que su nieto me reveló una verdad inesperada

hablando sobre el futuro y prometiéndonos que la distancia no cambiaría lo que sentíamos. Me aseguró que regresaría y que entonces me pediría matrimonio de una manera especial, aunque ya lo había hecho varias veces entre bromas. Seis meses después, su madre me llamó para pedirme que fuera a visitarla. Al llegar encontré a dos oficiales militares que nos comunicaron que el avión de Thomas había desaparecido durante una misión y que todavía no existía información concluyente sobre su paradero. Pregunté si había alguna posibilidad de que siguiera vivo y me respondieron que no podían descartarla. Aquellas palabras se convirtieron en la esperanza a la que me aferré durante años. Busqué noticias, revisé listas de prisioneros liberados y esperé una comunicación que nunca llegó. Con el tiempo perdí contacto con sus padres, terminé mis estudios y me convertí en profesora de inglés. Tuve una vida llena de alumnos, familiares, viajes y experiencias valiosas, pero nunca logré imaginar el matrimonio que había planeado con Thomas junto a otra persona. Mi hermana Ruth me recordaba cariñosamente que podía conservar aquellos recuerdos sin cerrar la puerta a nuevas oportunidades. Yo insistía en que tenía una vida propia, aunque en el fondo sabía que una parte de mí continuaba esperando respuestas. Cada año, en el cumpleaños de Thomas, viajaba a un monumento dedicado a quienes permanecían desaparecidos durante 

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