Aquella noche nadie durmió solo.
Mamá se quedó en la habitación del abuelo.
Yo me acosté en la pequeña cama.
Hablamos casi hasta las dos de la madrugada.
El abuelo contó historias de cuando mamá era niña, y ella se reía mientras repetía:
—Eso no es verdad.
Y el abuelo siempre respondía:
—Todavía no he olvidado tanto.
A la mañana siguiente, cuando la luz del sol entró por la ventana, finalmente comprendí algo.
Durante años creí que mi madre intentaba protegerme del abuelo.
En realidad, intentaba protegerme del mismo miedo que ella había tenido que cargar cuando era niña.
Y el abuelo nunca me había ocultado un secreto terrible.
Simplemente era demasiado orgulloso para admitir que, por primera vez en su vida, era él quien tenía miedo de quedarse solo por la noche.