Durante cuatro años, mi suegra había permanecido paralizada, prácticamente incapaz de moverse por sí misma. Sin embargo, un día, en nuestra casa de Madrid, su abdomen comenzó a hincharse de forma inexplicable,

Mi marido irrumpió en la alcoba. Sus manos temblaban de manera espasmódica mientras contemplaba aquel torso desfigurado.

—Lleva cuatro años sin dar un solo paso… ¿Cómo demonios… qué significa esto? —tartamudeó, mientras el color desaparecía por completo de su rostro.

Antes de que pudiéramos asimilar la escena, las pisadas pesadas y autoritarias de mi suegro, don Teodoro, resonaron por la tarima del pasillo.

Su imponente figura bloqueó el marco de la puerta, devorando la escasa luz del atardecer.

Sus ojos grises eran dos pozos vacíos, gélidos y carentes de cualquier atisbo de humanidad.

—A los ancianos se les hincha el estómago por los gases. ¿A qué viene tanta histeria?

La voz de Teodoro sonó seca, autoritaria y desprovista de compasión. —Le he preparado una infusión de hierbas silvestres. La inflamación bajará en un par de días. Dejadla en paz.

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