—Me llevo a madre a urgencias del hospital provincial ahora mismo —sentenció Lorenzo, interponiéndose con firmeza frente al lecho—. Esto no es normal, padre.
—¡Guarda ese maldito teléfono! —bramó don Teodoro, haciendo retumbar las vigas de madera de la estancia.
Alzó un dedo nudoso y amenazante hacia su propio hijo: —En esta casa mando yo. De aquí no sale nadie, y esa es mi última palabra.
Al girarse para marcharse, un detalle siniestro sobre la mesilla de noche me heló el espanto: un pequeño frasco de vidrio ámbar, sin etiqueta alguna.
Alrededor de la rosca quedaban adheridos unos finos cristales de polvo blanquecino.
En ese preciso instante, un gemido desgarrador escapó de la garganta reseca de Constanza.
Su mano esquelética se alzó con un temblor agónico y sus uñas se clavaron desesperadamente en la tela de mi camisa.
Sus ojos inyectados en sangre se clavaron en los míos con una súplica atroz. No podía articular palabra, pero el terror puro de su mirada gritaba una advertencia inequívoca: No te fíes de él… Me está matando.