Antes de que pudiéramos asimilar la escena, las pisadas pesadas y autoritarias de mi suegro, don Teodoro, resonaron por la tarima del pasillo.
Su imponente figura bloqueó el marco de la puerta, devorando la escasa luz del atardecer.
Sus ojos grises eran dos pozos vacíos, gélidos y carentes de cualquier atisbo de humanidad.
—A los ancianos se les hincha el estómago por los gases. ¿A qué viene tanta histeria?
La voz de Teodoro sonó seca, autoritaria y desprovista de compasión. —Le he preparado una infusión de hierbas silvestres. La inflamación bajará en un par de días. Dejadla en paz.
—Me llevo a madre a urgencias del hospital provincial ahora mismo —sentenció Lorenzo, interponiéndose con firmeza frente al lecho—. Esto no es normal, padre.
—¡Guarda ese maldito teléfono! —bramó don Teodoro, haciendo retumbar las vigas de madera de la estancia.
Alzó un dedo nudoso y amenazante hacia su propio hijo: —En esta casa mando yo. De aquí no sale nadie, y esa es mi última palabra.