Al girarse para marcharse, un detalle siniestro sobre la mesilla de noche me heló el espanto: un pequeño frasco de vidrio ámbar, sin etiqueta alguna.
Alrededor de la rosca quedaban adheridos unos finos cristales de polvo blanquecino.
En ese preciso instante, un gemido desgarrador escapó de la garganta reseca de Constanza.
Su mano esquelética se alzó con un temblor agónico y sus uñas se clavaron desesperadamente en la tela de mi camisa.
Sus ojos inyectados en sangre se clavaron en los míos con una súplica atroz. No podía articular palabra, pero el terror puro de su mirada gritaba una advertencia inequívoca: No te fíes de él… Me está matando.
Aparté a Lorenzo hacia el fondo de la galería, susurrándole con el pulso desbocado: “Hay un monstruo bajo este techo. Si queremos sacarla viva de aquí, tenemos que averiguar qué está pasando nosotros mismos”.