“Antes de dar lectura a la disposición de bienes”, dijo Montes ajustándose los lentes, “don Efrén dejó una instrucción muy clara: que esta carta se lea en voz alta, aquí, frente a toda la familia. Fue su última voluntad”.
Marisol me apretó la mano tan fuerte que me dejó marcada la uña.
Toño puso cara de asco. Su hermano Beto soltó:
“Ya, licenciado, deje de hacerle al drama, ese viejo no tenía ni para su caja”.
El notario abrió el sobre amarillo con mucho cuidado, como si fuera a romperse.
Carraspeó y empezó a leer.
Y la primera línea me partió en dos, me abrió el pecho como si me hubieran metido un gato hidráulico en las costillas:
“Jorge, mijo, sé que por veinte años pensaste que yo no ponía ni un quinto en esta casa… pero cada plato de comida que me serviste fue la razón por la que te escondí todo a ti”.