Marisol ya estaba llorando en silencio, con el mandil en la boca. Toño y sus hermanos ya no se reían.
El licenciado Montes abrió la libreta azul y la puso sobre la mesa para que todos viéramos.
Era un registro obsesivo, terco, como él.
“15 de enero de 2004. Depósito 4,000 a cuenta de Jorge. Para el techo. No decir”.
“3 de marzo de 2005. Depósito 7,500 a cuenta de Jorge. Para la troquita del taller que quiere. No decir”.
“Agosto de 2006. Pago directo a CFE 1,800. Que no sepan”.
“2007. Pago inscripción Emiliano secundaria. 2,300. Decir que fue beca”.
“2009. Pago operación cataratas. Yo mismo la pagué con lo ahorrado. Le dije a Jorge que fue fiada en el hospital”.
“2013. Depósito 15,000. Para que Marisol no empeñe su anillo otra vez”.
Hoja tras hoja. Veinte años de levantarse a las cinco de la mañana, de irse caminando con su gorrita al BanCoppel de la colonia, con su credencial del INAPAM en la bolsa, a meter mil, dos mil pesos, a una cuenta que había abierto a mi nombre desde el primer mes que llegó, con mi INE que Marisol le prestó para “sacarle su tarjeta del descuento”.