No hablo de algo espectacular pensado para impresionar a una parroquia; hablo de una cifra concreta, clínica y matemáticamente fuera de su lugar.
Mi reacción no fue asombro, fue irritación. Revisé baterías, contactos, el efecto del foco, cualquier variable humana o técnica que evitara entregarle la escena a las interpretaciones devocionales. Pero el dato regresó una y otra vez con una persistencia muda que vuelve humillante al escepticismo cuando empieza a quedarse sin herramientas.
Cuando los números no bastan
A medida que avanzaba la mañana, la lógica comenzó a resbalárseme entre los dedos. Las características de ciertos tejidos no seguían el patrón de degradación habitual para el tiempo y el entorno del entierro. No es que aquello gritara “milagro” —la ciencia seria no grita—, pero sí susurraba una resistencia estadística imposible de asimilar con tranquilidad.