Las hojas de mi protocolo seguían sobre la mesa: perfectas, numeradas, exhaustivas. Y, sin embargo, ningún apartado ofrecía una casilla digna para lo que estaba ocurriendo en esa sala. Cuando algo no cabe en el formulario, el forense no inventa mística; redobla la verificación hasta destruir la anomalía o quedar destruido por ella.
Yo intenté destruirla mediante el método, la repetición y una terquedad casi arrogante. Pero ocurrió lo peor: mi distancia interior falló. Al mirar el rostro del muchacho exhumado, por primera vez en décadas de oficio, no vi solo materia sometida al tiempo. Vi una pregunta mirándome de vuelta.