El día de la boda de mi hija yo estaba sentada en la iglesia viéndola caminar hacia el altar, guapa y feliz, cuando de pronto mi exmarido se sentó a mi lado. Desde el divorcio, hace casi diez años, solo hablábamos de los hijos, así que me sorprendió que se inclinara hacia mí y me dijera en voz baja: «Después de la ceremonia no te vayas. Tenemos que hablar». Por su cara supe enseguida que no se trataba de la boda…
Me llamo Charo, tengo 61 años y vivo en Segovia, en un piso del barrio de San Lorenzo. Tengo dos hijos: Clara, que tiene 32, y Álvaro, que tiene 35. Su padre, Luis, y yo nos divorciamos hace casi diez años, después de veintidós de matrimonio. No hubo una gran traición ni un escándalo. Simplemente un día nos dimos cuenta de que ya no teníamos nada que decirnos. Él se quedó con el piso de la playa en Gandía y yo con el de Segovia. Desde entonces hablábamos lo justo: los cumpleaños de los chicos, alguna Navidad incómoda, las fotos de la graduación.