Cuando Luis la dejó en el altar, en lugar de irse a su sitio, vino a mi banco. Mi hermana se apartó sorprendida. Se sentó a mi lado, olía a la misma colonia de siempre. Me pareció que estaba mucho más delgado que en Navidad. Durante las lecturas no dijo nada. Luego, mientras los novios se daban los anillos, se acercó a mi oído y me dijo que no me fuera después de la ceremonia, que teníamos que hablar. Le miré. Tenía los ojos rojos, y no eran de emoción.
Durante el resto de la misa no oí nada. Pensé en lo peor. Que estaba enfermo. Que se volvía a casar. Que le había pasado algo con el piso. Cuando salimos al atrio y nos tiraron arroz, yo sonreía para las fotos con el estómago encogido.
Hablamos en un banco detrás de la iglesia, mientras los invitados se iban hacia los coches. Luis tardó en empezar. Me dijo que Álvaro llevaba cuatro meses viviendo en su casa de Gandía. Que había perdido el trabajo en la empresa de Madrid en mayo, que su novia le había dejado poco después y que se había venido abajo. Que no se levantaba de la cama hasta las dos, que apenas comía, que bebía más de la cuenta. Que no quería que yo lo supiera, que le había hecho prometer que no me diría nada para no estropearle la boda a su hermana. Que esa mañana había venido a la iglesia solo porque Luis le había obligado.