Su madre no había sido comprada.
No la habían intimidado.
Había tomado una decisión.
Una decisión discutible, dolorosa, quizás imposible de comprender para quien no hubiera estado en su lugar.
Pero era suya.
Valentina había puesto condiciones.
Héctor debía contarle a Rogelio el nombre del hombre que había muerto.
Debía decirle que Antonio tenía esposa.
Debía decirle que había dejado una hija de catorce años.
Rogelio tendría que cargar con la verdad, no con una historia incompleta fabricada para protegerlo.
En una de las últimas páginas, Valentina había escrito una frase que hizo que Alicia permaneciera sentada en el suelo durante casi una hora:
“No temo que el muchacho quede sin castigo. Temo que su padre le enseñe algo peor: que cuando uno tiene suficiente miedo puede esconder la verdad y seguir viviendo. La cobardía también se enseña.”