Recordaba perfectamente a Valentina, la madre de Alicia, porque trabajaba en una farmacia cercana y compraba flores de vez en cuando.
—Tres semanas después de que murió tu papá llegó muy temprano —explicó—. Parecía otra persona. Preguntaba una y otra vez qué autobús iba hacia ese poblado.
Valentina llevaba una dirección escrita en un papel mojado por la lluvia.
Zenaida copió la dirección en el reverso del boleto para evitar que se borrara.
Era la dirección de un taller.
Horas después, Valentina regresó.
Había llorado.
Poco después apareció un automóvil claro. De él bajó un hombre mayor acompañado por un joven.
—El señor le ordenó: “Rogelio, quédate junto al coche”.
Alicia sintió hielo en la espalda.
—¿Está segura del nombre?
—Nunca lo olvidé.
Zenaida había escuchado a Valentina gritar que aquel muchacho había atropellado a su esposo y que su padre estaba usando dinero e influencias para ocultarlo.
El hombre mayor era Héctor Vargas.
El muchacho era Rogelio.
—Tu mamá gritaba el apellido una y otra vez: Vargas.
Esa noche, Valentina dejó olvidado el boleto sobre una banca.
Zenaida lo guardó pensando devolvérselo al día siguiente.
Valentina nunca regresó.
Veintitrés años después, la anciana estaba vendiendo flores frente al Registro Civil cuando vio a Alicia.
La semejanza con su madre la inquietó.
Pero creyó que era una coincidencia.
Hasta que escuchó a una empleada llamar:
—¡Vargas y Rocha!
Entonces vio al novio.
El mismo rostro, envejecido.
El mismo mentón.
Los mismos ojos del muchacho que había permanecido junto al automóvil sin atreverse a levantar la cabeza.
Alicia regresó sola a su departamento.
Llamó a su tía Celia.
—¿Es verdad que nunca supieron quién atropelló a papá?
Hubo un silencio demasiado largo.
Finalmente Celia admitió que Valentina había investigado por su cuenta.
Un camionero le habló de un automóvil reparado al día siguiente del accidente: faro roto, salpicadera golpeada y pintura nueva.
Ese auto pertenecía a Héctor Vargas.
Y quien solía conducirlo era su hijo adolescente.
—Tu mamá llegó muy lejos, Alicia. Demasiado lejos. Después, de repente, dijo que ya no buscaría justicia.
—¿Por qué?
—Nunca me lo explicó.
Esa noche Rogelio llamó cuatro veces.
Alicia no contestó.
Recordó detalles de los últimos dos años.
Rogelio nunca preguntaba cómo había muerto su padre.