El día de mi boda, una anciana derramó su cubeta de flores, cayó de rodillas y me advirtió: “Si te casas con él, será demasiado tarde”. Entre 19 invitados me entregó un viejo boleto relacionado con la muerte de mi padre. Mi prometido lo reconoció de inmediato. Yo me quité el velo y cancelé todo sin discutir. Horas después supe que llevaba dos semanas ocultándome una verdad enterrada durante 23 años…

—El señor le ordenó: “Rogelio, quédate junto al coche”.

Alicia sintió hielo en la espalda.

—¿Está segura del nombre?

—Nunca lo olvidé.

Zenaida había escuchado a Valentina gritar que aquel muchacho había atropellado a su esposo y que su padre estaba usando dinero e influencias para ocultarlo.

El hombre mayor era Héctor Vargas.

El muchacho era Rogelio.

—Tu mamá gritaba el apellido una y otra vez: Vargas.

Esa noche, Valentina dejó olvidado el boleto sobre una banca.

Zenaida lo guardó pensando devolvérselo al día siguiente.

Valentina nunca regresó.

Veintitrés años después, la anciana estaba vendiendo flores frente al Registro Civil cuando vio a Alicia.

La semejanza con su madre la inquietó.

Pero creyó que era una coincidencia.

Hasta que escuchó a una empleada llamar:

—¡Vargas y Rocha!

Entonces vio al novio.

El mismo rostro, envejecido.

El mismo mentón.

Los mismos ojos del muchacho que había permanecido junto al automóvil sin atreverse a levantar la cabeza.

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