Alicia regresó sola a su departamento.
Llamó a su tía Celia.
—¿Es verdad que nunca supieron quién atropelló a papá?
Hubo un silencio demasiado largo.
Finalmente Celia admitió que Valentina había investigado por su cuenta.
Un camionero le habló de un automóvil reparado al día siguiente del accidente: faro roto, salpicadera golpeada y pintura nueva.
Ese auto pertenecía a Héctor Vargas.
Y quien solía conducirlo era su hijo adolescente.
—Tu mamá llegó muy lejos, Alicia. Demasiado lejos. Después, de repente, dijo que ya no buscaría justicia.
—¿Por qué?
—Nunca me lo explicó.
Esa noche Rogelio llamó cuatro veces.
Alicia no contestó.
Recordó detalles de los últimos dos años.
Rogelio nunca preguntaba cómo había muerto su padre.
Cuando aparecían accidentes en televisión cambiaba el canal.
Nunca quiso acompañarla al cementerio.
Y lo peor era que, frente al Registro Civil, había reconocido inmediatamente aquel boleto.