Mateo quiso tomarle la mano, pero no se atrevió.
Lucía se limpió una lágrima rápido, como si le diera coraje haberla dejado salir.
—Pero ya pasó. Aquí seguimos, ¿no?
Luego corrió con las niñas para enseñarles a hacer flores de papel.
Mateo la miró con el pecho apretado. Ya no era curiosidad. Ya no era culpa.
Estaba enamorado.
Pero también entendió algo terrible: mientras más la amaba, más imperdonable era su mentira.
Y al día siguiente decidió revelar la verdad, sin imaginar que esa verdad podía destruirlo todo…
PARTE 3
La relojería estaba llena cuando Mateo Herrera entró vestido con un traje gris oscuro hecho a la medida.
El murmullo se apagó de inmediato. Sus zapatos brillantes golpearon el mármol con una seguridad que no tenía nada que ver con el hombre de playera vieja que había entrado días antes.