Mateo estaba sentado en una banca, hablando con un niño de cabello despeinado. En la muñeca del pequeño brillaba el reloj que habían comprado juntos.
—¿Mateo?
Él se levantó, sorprendido de verdad.
—Lucía… no sabía que venías aquí.
Ella se sentó a su lado.
—Yo crecí viniendo a este lugar. Cuando mi mamá se enfermó, las monjas nos ayudaban con comida.
Mateo bajó la mirada.
—Yo crecí aquí.
Lucía lo miró sin pestañear.
—Mis papás murieron cuando tenía diez años —dijo él—. Después mi abuelo me cuidó, pero también murió. Esta casa fue lo único que tuve.
Lucía sintió que algo dentro de ella se ablandaba.
—Mi papá no murió —susurró—. Ojalá hubiera sido así. Apostaba, bebía y golpeaba las paredes para que mi mamá llorara en silencio. Cuando entré a la universidad, tuve que dejarla para trabajar. Mi mamá murió debiendo al hospital. Desde entonces aprenderé que nadie viene a salvarte.