Lucía se agachó sin importarle ensuciarse el pantalón negro. Encendió la lámpara de su celular y revisó entre hojas secas.
—No tiene que hacer esto —dijo Mateo, sintiendo una culpa que le quemaba.
—Claro que sí. Una cartera perdida es un problema serio. El dinero va y viene, pero sacar INE, tarjetas y papeles es un martirio.
Mateo miró sus manos manchadas de tierra. Aquello ya no era una prueba. Era una crueldad.
Caminó hacia el viejo coche que había alquilado para su disfraz, abrió la puerta y terminó de revisar bajo el asiento.
—Aquí está —dijo, levantando la cartera—. Qué vergüenza. Se había caído dentro.
Lucía soltó el aire y luego se rió, cansada.
—Ay, señor, casi me meto a la coladera por usted.
Mateo irritante, pero por dentro algo se rompió.
—Déjeme invitarle algo de cenar, para compensar.