El dueño millonario entró vestido como un cliente humilde a su propia relojería… y una empleada lo hizo arrepentirse de su mentira “En esta tienda no atendemos a gente que parece venir saliendo del Metro”, soltó Fernanda, sin bajar la voz. El hombre que acababa de entrar se quedó

—Gracias, pero no hace falta. Solo cuide mejor sus cosas.

Lucía regresó a la tienda con la camisa un poco sucia y la cabeza en alto.

Esa noche, en su casa enorme de Lomas de Chapultepec, Mateo revisó el expediente laboral de Lucía Ramírez. Huérfana de madre. Padre desaparecido. Universidad iniciada a los veinticuatro años. Promedio sobresaliente. Sin contactos familiares.

Mateo cerró la carpeta con vergüenza.

Había querido probar el corazón de una empleada sin saber que ella llevaba años sobreviviendo con el suyo hecho pedazos.

Y al día siguiente, cuando Fernanda vio entrar a Lucía, sonriendo con una maldad que helaba la sangre.

No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2

—Mira nada más, llegó la heroína de los pobres —dijo Fernanda frente a todos—. ¿El vagabundo ya te pidió matrimonio o solo te dejó propina en monedas?

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