Yo pensaba que el gato gordo que apareció delante de mi puerta solo quería desayunar. Luego entendí que llevaba tiempo mandando en todo el edificio.
Era lunes por la mañana y estaba sentado allí, frente a mi piso, como si el descansillo fuera suyo.
Un gato grande, gris, con las patas blancas. Una oreja un poco doblada. Y una cara redonda de estar decepcionado con la humanidad desde hacía años.
Yo salí con la bolsa de la comida en una mano y las llaves del coche en la otra.
Y allí estaba él.
Plantado justo encima de mi felpudo.
No al lado.
Encima.
En el centro exacto.
Como si alguien hubiera comprado ese felpudo pensando en su comodidad.
—Bueno —le dije—. Buenos días a ti también.
El gato parpadeó una vez.
Intenté pasar por un lado.
Él movió su cuerpo redondo unos centímetros y volvió a cortarme el paso.