El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

En ese momento lo entendí.

Aquel no era un gato callejero normal.

Aquel era el presidente de la comunidad.

Yo nunca había tenido gato. A mis cincuenta y ocho años había llegado bastante lejos en la vida sin que una bola de pelo me diera órdenes.

Pero aquel gato tenía otros planes.

Volví a la cocina, busqué un cuenco pequeño, le puse un poco de comida y lo dejé junto a la puerta.

El gato miró el cuenco. Luego me miró a mí. Después empezó a comer con la calma de un señor jubilado en una comida familiar.

Despacio. Serio. Sin ninguna vergüenza.

Lo llamé Paco.

Tenía cara de Paco. De esos Paco que se sientan en el banco de la plaza y se quejan de que el café ya no sabe como antes.

A la mañana siguiente, Paco volvió.

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