El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

La señora Beltrán hizo croquetas.

Don Ernesto trajo aceitunas.

La chica del tercero preparó chocolate caliente.

El matrimonio del primero colocó sillas.

Nadie gastó mucho.

Nadie hizo nada elegante.

Pero aquel portal viejo, con sus buzones torcidos y su luz amarilla, parecía por primera vez un sitio donde pasaba algo bueno.

Paco estuvo en medio, por supuesto.

Sobre una manta.

Como invitado de honor.

Los niños de una familia nueva le hicieron un dibujo.

Un gato gris enorme, con corona.

Debajo escribieron:

“PACO, PRESIDENTE.”

La señora Beltrán se emocionó.

—Hay que colgarlo —dijo.

Y lo colgamos.

Justo al lado de los buzones.

Desde entonces, cada vez que entraba al edificio y veía aquel dibujo, me daban ganas de sonreír.

No una sonrisa grande.

Solo una de esas pequeñas que aparecen cuando la vida, por una vez, no aprieta tanto.

Después de Navidad, mi hija vino a verme con los niños.

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