Nadie respondió.
Estaba a punto de llamar al administrador cuando escuchó unos pasos pequeños detrás de la puerta.
Se abrió apenas unos centímetros.
Alejandro esperaba encontrarse con una adulta llena de excusas.
En cambio, vio a una niña de unos siete años.
Tenía el cabello café despeinado, una playera vieja cubierta de hilitos de colores y unas ojeras que no correspondían a alguien de su edad.
—¿Está tu mamá?
La niña negó lentamente.
Alejandro miró hacia el interior y algo le llamó la atención.
Sobre una mesa había una máquina de coser antigua, retazos de tela, carretes y varias prendas a medio terminar.
—¿Tú estabas cosiendo?
La pequeña bajó la mirada.
—Sí.
Fue entonces cuando Alejandro vio sus dedos.
Tenía pequeñas marcas de aguja y un curita improvisado alrededor del índice.
Su enojo desapareció.
—¿Cómo te llamas?