—Lucía.
—¿Y tu mamá?
—Mariana.
La niña abrió un poco más la puerta.
El departamento estaba casi a oscuras. Había un colchón delgado en la sala, una olla vacía sobre la estufa y varias cajas de medicamentos junto a un vaso de agua.
Alejandro sintió un nudo en el estómago.
Él conocía esa clase de casa.
Antes de convertirse en dueño de una empresa inmobiliaria, había crecido viendo a su propia madre contar monedas para decidir entre pagar el gas o comprar comida.
Pero hacía años que había conseguido olvidar cómo se sentía.
—¿Tu mamá está enferma?
Lucía asintió.
—Fue a una consulta.
Luego regresó a la máquina.
—Tengo que terminar estas blusas hoy.
—¿Por qué?
—Porque la señora paga $35 pesos por cada una.
Alejandro miró las prendas apiladas.
—¿Y tú las haces?