—Renata dice que somos malas.
Sentí el pecho arder.
—No.
—Dijo que si te contábamos cosas ibas a mandarnos a un internado.
Cerré los ojos.
Meses antes Valeria me había dicho que Renata gritaba demasiado.
Yo le respondí que tenía que darle una oportunidad.
Que estaba acostumbrándose a ser parte de nuestra familia.
Que seguramente ellas todavía extrañaban a su mamá.
No había investigado.
No había preguntado.
Había elegido la explicación más cómoda.
Abracé a mis hijas.
—Escúchenme bien. Nunca voy a enviarlas lejos. Nunca.
Valeria comenzó a llorar contra mi hombro.
Sofía se aferró a mi camisa.
—Ustedes son lo más importante que tengo.
Levanté la vista.
Marisol también lloraba.
—Gracias —le dije—. Gracias por hacer lo que yo debí haber hecho.
—Solo las protegí.
Renata se acercó.
—Alejandro, amor, esto es un malentendido.