Un matrimonio comía bocadillos en una mesa de piedra.
Dos señoras mayores caminaban del brazo.
Y al fondo, junto al kiosco, el agente retirado Javier Robles lanzaba una pelota con su hijo.
Javier miró un segundo hacia la banca.
Vio a Sergio acercándose.
Vio al hombre sentado.
Le sonó su cara.
Mucho.
Pero su hijo le gritó:
—¡Papá, pásamela!
Javier volvió la cabeza.
Ese segundo le pesaría después.
Sergio se plantó frente a don Manuel.
Su sombra le tapó el sol.
—Tiene que moverse.
Don Manuel bajó el periódico.
—¿Hay algún problema, agente?
—Usted es el problema.
La gente empezó a mirar.
Una mujer sacó el móvil.
Un corredor se quitó los auriculares.
Sergio señaló la inscripción de la banca.
—¿Ve eso? “Solo residentes.” ¿Usted vive aquí?
—El parque es público —respondió don Manuel—. Estoy esperando a mi familia. No estoy molestando a nadie.