Le puso una mano en la cabeza y lo obligó a arrodillarse sobre el césped.
Las rodillas de don Manuel golpearon la tierra.
Su pantalón se manchó.
Sergio apoyó una rodilla en su espalda.
—Debió levantarse cuando se lo dije.
A veinte metros, Javier Robles se quedó inmóvil.
La pelota cayó a sus pies.
Ahora sí.
Ahora recordaba esa cara.
Siete años atrás.
Una investigación interna.
Un joven agente acusado falsamente por un superior corrupto.
Su carrera a punto de morir.
Y un hombre de la Agencia Nacional entrando en la sala y diciendo:
“Desde este momento, este caso lo llevo yo.”
Ese hombre había salvado a Javier.
Ese hombre era Manuel Rivas.
El mismo Manuel Rivas que ahora estaba de rodillas en el parque.
—Dios mío —susurró Javier.
Sacó su cámara corporal de bolsillo, una costumbre que nunca había perdido, y la encendió.