Fuerte.
Don Manuel tropezó y se golpeó la espalda contra la banca.
El parque entero soltó un grito.
No era un procedimiento.
Era abuso.
Entonces apareció el inspector Ricardo Cruz, jefe de Sergio, caminando como si ya supiera cómo terminaría todo.
Cincuenta y tantos años.
Barriga dura de poder.
Cara de hombre acostumbrado a que nadie le contradijera.
—¿Qué pasa aquí, Molina?
Sergio respondió sin dudar:
—Individuo sospechoso. No se identifica. Se niega a obedecer.
Don Manuel miró al inspector.
—Solo estaba sentado, esperando a mi esposa.
Ricardo ni siquiera lo escuchó.
—Espósalo. Lo aclaramos en comisaría.
La gente protestó.
—¡No ha hecho nada!
—¡Lo estamos grabando!
—¡Déjenlo en paz!
Sergio agarró el brazo de don Manuel y se lo torció hacia atrás.
—Manos a la espalda.
Don Manuel obedeció.
Clic.
Clic.
Las esposas cerraron sobre sus muñecas.
Demasiado apretadas.
Luego Sergio hizo algo que nadie en ese parque olvidaría.