El regreso silencioso: cuatro años en Canadá y una verdad enterrada en el patio trasero

La escena detrás de la reja

Un paro técnico imprevisto en la planta nos había dado varias semanas libres. La mayoría de mis compañeros viajó a ver a su familia. Yo compré el pasaje esa misma noche porque quería sorprender a Fedra. Nadie sabía que venía. Y quizás por eso, cuando llegué al portón lateral y escuché la voz áspera de Godofredo gritando desde el interior, algo dentro de mí se congeló antes de tiempo.

—¡Esa pelona no debería dejarse ver cuando tenemos visitas!

Me quedé quieto detrás de la reja, con la maleta todavía en la mano. Miré hacia el patio trasero a través de las tablillas de madera. Y ahí estaba ella. Fedra, mi esposa, arrodillada sobre las baldosas, recogiendo con las manos desnudas los pedazos de un plato roto. Tenía la cabeza rapada. Los pómulos le sobresalían como filos. A su lado había un balde con agua sucia y un trapo. La ropa que llevaba puesta la reconocí: era una blusa que ella usaba antes de que yo me fuera, ahora descolorida, con las mangas raídas.

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