El regreso silencioso: cuatro años en Canadá y una verdad enterrada en el patio trasero

—Recoge bien esos vidrios, Fedra —escuché la voz de mi madre desde la sala—. Si alguien se corta, te lo descuento de la comida.

El pulso me golpeó las sienes. Quise cruzar la reja de un salto, entrar gritando, romperlo todo. Pero años trabajando alrededor de maquinaria dañada me habían enseñado algo que no se enseña en las escuelas: cuando una máquina empieza a fallar, primero se escucha. El sonido te dice dónde comenzó la avería. Así que respiré hondo, apoyé la maleta en silencio contra la pared y escuché.

Fedra intentó ponerse de pie, pero las piernas le temblaron y volvió a caer sobre las rodillas. Godofredo salió al patio vestido con ropa de marca y un vaso de whisky en la mano.

—Apúrate. Todavía faltan los platos de la cena.

—Me estoy mareando —susurró Fedra—. No he comido desde ayer.

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