Godofredo soltó una risa seca.
—Con todo lo que te robaste, deberías poder pagarte un banquete.
Fedra bajó la cabeza y empezó a llorar en silencio. Le rogó a mi madre que la dejara llamarme. Selina entró al patio en ese momento, y cuando levantó el mentón, vi algo brillar en su cuello: el colgante de colibrí de oro que yo le había regalado a Fedra en nuestro quinto aniversario.
—Él tiene derecho a saber que estoy enferma —dijo Fedra.
—No vas a preocuparlo —contestó Selina con desprecio—. Él está trabajando para sacarnos adelante, no para cargar con tus dramas.
Fedra habló entonces del médico, del tratamiento que debía continuar. Y mi madre pronunció la frase que me revolvió el estómago:
—Mi hijo manda el dinero a mi cuenta. Eso significa que yo decido cómo se usa.
Fedra mencionó la camioneta nueva, el taller que Godofredo había abierto recientemente, la remodelación de la casa. Luego, en voz muy baja, confesó que llevaba semanas durmiendo en el galpón de herramientas.