En quince días no fuiste capaz de llamarme ni una vez”, me reprochó mi esposo al volver de viaje. Yo sonreí: “Sí lo hice; respondió la mujer con la que llevas tres años y escuché a tu hijo llamarte papá”. Él quiso darme una explicación, pero yo ya había colocado sobre la mesa el divorcio

Parecían una familia feliz.

—Esto está manipulado —murmuró.

—Sigue.

Las páginas siguientes eran estados de cuenta.

Transferencias desde nuestra cuenta común hacia Daniela. La primera tenía casi tres años. La última se había hecho el día que Adrián salió de casa jurando que la empresa necesitaba dinero urgente.

En total: casi siete millones de pesos.

Adrián se dejó caer en una silla.

—Ella me presionó. Yo iba a devolverte todo.

—¿También te presionó para pagarle el departamento, la camioneta y la guardería del niño?

Sus ojos se llenaron de pánico.

Saqué otra carpeta.

—Y parte de ese dinero ni siquiera era nuestro. Tres millones salieron de tu empresa mediante facturas infladas y proveedores fantasma.

—No sabes de lo que hablas.

—Tu contador ya entregó copias.

Entonces se arrodilló.

—Mariana, por favor. Dejo a Daniela. Vendo todo. Te regreso el dinero.

Retiré la pierna cuando intentó abrazarme.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Era su madre, Elvira.Puse el altavoz.

—¡Mariana! ¿Qué tontería es esa del divorcio? En esta familia nadie se separa porque una mujer haga berrinche. Y después de cinco años ni siquiera pudiste darle un hijo. ¡Deberías agradecer que mi hijo siga contigo!

Miré a Adrián.

Él no la detuvo.

Ni siquiera bajó la mirada.

—Señora Elvira —dije—, su hijo sí tiene un niño de tres años. Sólo que no conmigo.

Silencio.

—Y tiene un problema mucho más grande que un divorcio.

Colgué.

Adrián me miró como si acabara de descubrir que la esposa silenciosa con la que se había casado no existía.

—¿Quieres saber quién pagó a los abogados que reunieron todo esto en quince días?

Tragó saliva.

—¿Quién?

—Mi padre.

—Tu papá fue maestro de preparatoria.

—Eso fue lo que decidí contarte.

En ese momento sonó el timbre.

En la cámara del interfón estaba el director jurídico del Grupo Alcázar, una de las empresas más poderosas con las que Adrián llevaba años soñando hacer negocios.

Y no venía solo.

No puedo creer lo que estaba a punto de pasar…

PARTE 2

Cuando abrí la puerta, Adrián se quedó inmóvil.

El licenciado Ernesto Robles, director jurídico del Grupo Alcázar, entró acompañado por dos abogados.

—Señora Alcázar —saludó—. Traigo los documentos que pidió su padre.

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