Nunca lo hice.
Siempre le decía:
—Déjamelos para leerlos.
Y él siempre encontraba una excusa para llevárselos.
Volví al video.
Teresa abrió la carpeta.
Sacó varias hojas.
No podía leer el contenido desde el ángulo de la cámara, pero vi claramente mi nombre impreso en una de ellas.
Después escuché a Teresa decir:
—En cuanto Laura firme, esto queda arreglado.
—¿Y si no firma? —preguntó Rodrigo.
Mi suegra sonrió.
—Va a firmar. Solo hay que hacerle creer que es del banco.
Se me cayó el celular sobre la mesa.
Mariana palideció.
—Laura…
—Necesito saber qué estaban intentando hacer.
Patricia aceptó verme esa misma tarde en una cafetería de Plaza del Parque.
Llegó nerviosa.
No pidió café.
Ni siquiera se quitó la bolsa del hombro.
—Perdóname —dijo apenas se sentó—. Debí habértelo enviado antes.
—¿Qué había en esa carpeta?
Patricia bajó la voz.