Una tarde descubrió pegada una nota en una lámpara:
“NO TOCAR. Experimento de ciencias.”
—Esto cuesta más que mi primer coche —protestó.
—Pues no toque —contestó Clara.
Elena se llevó una mano a la cara.
Pero Álvaro sonrió.
Hacía años que aquella vivienda no tenía señales de una infancia.
Su esposa había fallecido sin que hubieran tenido hijos.
Después de perderla, Álvaro convirtió cada habitación en un espacio perfecto que nadie utilizaba.
La perfección lo protegía del recuerdo.
Clara desordenaba ese silencio sin pedir permiso.
Y, por alguna razón, aquello empezó a hacerle bien.
1 año después, Elena recibió el alta para mantener una vida prácticamente normal, aunque debía continuar con controles.
Aquella noche Álvaro las invitó a cenar.
No en el comedor principal.
En la cocina.
El cocinero preguntó a Clara qué quería.