Entré en mi cocina y encontré a una niña de 10 años de rodillas, recogiendo macarrones del suelo mientras la administradora amenazaba con echar a su madre. “Tu madre se marcha hoy mismo”, dijo. No discutí: ordené revisar salarios, proveedores y 24 meses de cuentas. Entonces vi en la mano de la niña una insignia con “S.A. 1978”, idéntica a la que mi padre guardaba bajo llave.

—¿Por qué estabas comiendo del suelo?

La niña bajó la cabeza.

—Porque iban a tirarlo.

Mercedes intervino:

—No podemos tolerar esto. Hay normas.

—He preguntado a la niña.

Clara tragó saliva.

—Mi madre necesita trabajar. Si alguien tiene que recibir un castigo, que sea yo.

Álvaro frunció el ceño.

En ese momento vio algo metálico en la mano cerrada de la pequeña.

—¿Qué tienes ahí?

Clara abrió los dedos.

Era una insignia antigua, oscurecida por los años, con una cruz esmaltada y las iniciales “S.A. 1978”.

Álvaro dejó de respirar durante 1 instante.

Había visto aquella insignia antes.

Su padre conservaba una igual dentro de una caja fuerte.

—¿De quién es?

—Era de mi tío abuelo Julián —respondió Clara—. Mamá dice que la llevaba cuando ayudó a sacar gente de un incendio.

Álvaro tomó la insignia con muchísimo cuidado.

—¿Un incendio en una fábrica de Alcalá?

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