Y durante décadas habían seguido viéndose en cumpleaños, navidades, comidas y reuniones donde todos fingían que ciertas cosas nunca habían existido.
A las cuatro de la mañana, Elena por fin estaba estable.
Ignacio colocó el parche en una bandeja estéril, la selló y ordenó que nadie lo tocara.
Veinte minutos después, Víctor apareció en urgencias.
Llegó con el abrigo abierto, el cabello perfectamente acomodado y el rostro de un esposo desesperado.
—¡Nacho! Gracias a Dios estabas tú. ¿Qué le pasó a Elena?
—Choque anafiláctico severo.
Víctor palideció.
—¿Por comida?
Ignacio lo miró fijamente.
—Todavía estamos averiguando.
—Déjame verla.
—No.
—Somos amigos desde niños.
—Y ella está en terapia intensiva.
Víctor le tomó el brazo.
—Cinco minutos.
Ignacio bajó la mirada hacia aquella mano. Uñas impecables. Dedos limpios. Manos de farmacéutico.
Las mismas manos que podían saber exactamente cómo funcionaba aquel parche.