Estaba operando de urgencia a la esposa del hombre que había sido mi mejor amigo durante más de 40 años cuando, al cortar su vestido, encontré algo pegado a su piel que me heló la sangre. “Preparen adrenalina, ahora”, ordené. Horas después descubrimos que su marido conocía perfectamente aquella alergia mortal… y tres meses antes había contratado un seguro de vida por seis millones

—No puedes entrar —repitió.

Víctor lo soltó.

Antes de marcharse preguntó:

—¿Está consciente? ¿Dijo algo?

Ignacio sintió un escalofrío.

No preguntó si volvería a caminar.

No preguntó si tendría secuelas.

Preguntó si había hablado.

—Todavía no —mintió Ignacio.

Víctor respiró lentamente.

—Cuando despierte me llamas.

Luego sonrió con tristeza.

—Tú siempre salvas a todos, Nacho.

La puerta automática se cerró detrás de él.

Ignacio esperó diez segundos.

Después tomó el teléfono.

Primero llamó al director médico.

Luego hizo una segunda llamada.

A una investigadora de la Fiscalía de Jalisco que conocía desde hacía años.

A las 5:40 de la mañana, la agente Mariana Robles estaba sentada frente a él observando el parche sellado.

—¿Quién conocía esta alergia?

—Yo.

Ignacio hizo una pausa.

—Y su marido.

—¿A qué se dedica?

—Es farmacéutico.

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