Faltaban apenas unas horas para que amaneciera. En una silla junto a la puerta ya estaba preparada una bolsa con su cuenco, sus medicinas y su vieja manta

Aquella noche tardé mucho en dormirme, pero finalmente me venció el sueño. Alrededor de las cuatro de la madrugada me desperté porque Murka estaba junto a la cama, empujándome con el hocico y gimiendo. Le dije que volviera a dormir, pero empezó a ladrar. Murka casi nunca ladra por la noche, así que me incorporé y entonces noté un extraño olor a quemado. Salí al pasillo y vi que salía humo de la cocina.

Un viejo alargador junto al frigorífico había empezado a recalentarse. El plástico ya se estaba derritiendo y el borde de una estantería de madera cercana estaba ennegrecido. Corté la electricidad, apagué lo que empezaba a arder y abrí las ventanas. Solo entonces me senté en el suelo de la cocina y me di cuenta de que Murka había permanecido a mi lado todo el tiempo. Temblaba, pero no se había separado de mí.

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