Había esperado 29 años por ese día. Pensé que, cuando todo terminara, por fin podría mirarme al espejo sin sentir vergüenza… Pero apenas tres días después, me encerré en el baño y, llorando, le dije a mi madre: “Creo que acabo de cometer el mayor error de mi vida.”

Sin buscar un ángulo favorecedor.

Sin iluminación especial.

Sin sonrisa.

Observé la fotografía durante varios minutos antes de finalmente publicarla.

Después dejé el teléfono a un lado porque tenía miedo de leer lo que la gente diría.

Aproximadamente una hora después, abrí los comentarios.

El primero era de una chica a la que nunca había conocido.

“Dentro de unas semanas voy a pasar por lo mismo. Gracias por mostrar también estos días y no solamente el resultado final.”

Volví a leer aquella frase.

Después llegó otro comentario.

Y otro.

Pronto, decenas de personas comenzaron a escribirme.

Algunas ya habían pasado por el mismo proceso.

Otras todavía se estaban preparando.

Y de repente comprendí que durante años había pensado que yo era la única persona que se sentía así.

Al quinto día finalmente pude permanecer de pie en la cocina durante un poco más de tiempo.

Mi madre me tomó una foto con su teléfono.

—Bórrala —dije inmediatamente.

—¿Por qué?

—Me veo terrible.

Ella me miró.

—Dijiste que querías mostrar el proceso real.

Extendí la mano.

—Dámelo.

Miré la fotografía.

La antigua versión de mí la habría borrado inmediatamente.

Pero ese día la publiqué.

En la mañana del sexto día noté el primer pequeño cambio.

Caminé hasta el espejo.

Giré hacia un lado.

Luego hacia el otro.

—Mamá.

Entró rápidamente en la habitación.

—¿Qué pasó?

Por primera vez sonreí.

—Creo que algo está cambiando.

A partir de ese día hice lo mismo todas las mañanas.

Foto.

Espejo.

Comparación.

Al octavo día, mi madre sugirió que saliéramos a dar una pequeña vuelta en coche.

Mientras conducíamos, la luz del sol cayó sobre mi rostro.

Abrí la cámara del teléfono.

Normalmente habría tomado diez o veinte fotografías antes de encontrar una que me gustara.

Ese día tomé solamente una.

Cuando la abrí, me quedé mirando la pantalla durante varios segundos.

—¿Qué pasa? —preguntó mi madre.

Le entregué el teléfono.

Miró la fotografía.

Después me miró a mí.

—Estás sonriendo.

No me había dado cuenta.

Era apenas una pequeña sonrisa.

Pero por primera vez no estaba pensando en qué lado de mi rostro necesitaba esconder.

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