Él había sido el único hombre de mi vida que me miraba como si yo fuera la mujer más hermosa del mundo.
Después de su muerte, mi casa seguía llena de cosas caras, flores hermosas, cartas y regalos…
Pero ya no había una voz que dijera:
“Te necesito.”
Y créanme, a veces una mujer no necesita diamantes, aplausos ni miles de “me gusta”.
A veces solo necesita una frase sincera.
Un día, como de costumbre, abrí los mensajes de mi página.
Entre cientos de mensajes, uno llamó mi atención.
Era de un hombre joven.
Se llamaba Daniel.
Me escribió:
“No sé si me creerás, pero eres una de esas pocas mujeres a las que la edad no les ha quitado nada. Hay vida en tus ojos y calidez en tu sonrisa. Te sigo desde hace mucho tiempo y simplemente quería decirte que eres excepcional.”