Incluso estando embarazada de ocho meses, mi hija seguía fumando, bebiendo cerveza y desapareciendo por las noches, mientras decía: «¡Yo nunca quise tener a este bebé y no pienso sacrificar mi vida por él!». Pensé que mi hija se había convertido en un monstruo. Una noche la seguí hasta un edificio abandonado. Pero cuando miré por la ventana y vi lo que estaba haciendo dentro, me quedé paralizada de horror…

Recordé cómo tiempo atrás la había observado desde aquel mismo lugar, convencida de que mi hija se había convertido en un monstruo sin corazón.

Ahora comprendía lo equivocada que había estado.

Que una mujer tenga dificultades para aceptar la maternidad no significa que no tenga corazón. Alguien que comete errores terribles también puede necesitar comprensión y ayuda. Y a veces, mientras juzgamos a las personas que amamos, ni siquiera vemos las enormes batallas que están librando en silencio.

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