—Pensé que habías humillado a mi hijo. Incluso pensé que era mejor que no regresaras. Cuando él te trajo del bosque, todavía dudé de ti. Me preocupaba más lo que diría el pueblo que lo que te habían hecho.
Lucía guardó silencio.
Mi madre tenía lágrimas en los ojos.
—No puedo borrar eso. Sólo puedo pedirte perdón.
Lucía levantó lentamente la mano.
Carmen la tomó.
—Yo también tuve miedo de que usted nunca me creyera —respondió—. Pero se quedó.
Mi madre comenzó a llorar.
—Porque mi hijo resultó tener más juicio que su madre.
Aquella noche cenamos juntos por primera vez desde el secuestro.
No hablamos de Beatriz.
Ni de Rogelio.
Ni de las tierras.
Hablamos de cosas pequeñas.
De la cosecha.
De una gotera.
De que el perro había vuelto a robar tortillas.
Parecía absurdo, pero escuchar a Lucía reírse cuando mi madre regañó al animal fue uno de los momentos más felices de mi vida.