Jacinta dejó el relicario sobre la mesa como si quemara

El pueblo también tuvo que enfrentarse a lo que había hecho.

El domingo, el padre Esteban habló durante la misa.

No mencionó nombres.

No necesitaba hacerlo.

—A veces —dijo— hacemos más daño con una sospecha cómoda que con una mentira consciente. Creemos al que llora más fuerte, al que habla primero, al que confirma nuestros prejuicios. Y cuando la verdad llega, pretendemos que nuestras palabras no dejaron heridas.

Varias personas bajaron la cabeza.

Al salir, doña Mercedes, una de las mujeres que más había repetido que Lucía se había escapado con un amante, se acercó.

—Perdóname, hija.

Lucía la miró.

—¿Por qué me creyó capaz de hacerlo?

La mujer no supo responder.

—Porque era más fácil —dijo finalmente.

Lucía asintió.

—Eso es lo que más duele.

Durante los días siguientes llegaron vecinos con comida, fruta, pan, flores.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *