Durante años, Samuel se repitió que él no había manejado el auto, que no había causado el accidente, que no podía prever lo ocurrido. Todo era cierto, pero ninguna de esas verdades le devolvió la calma ni el sueño.
Una vecina que supo escuchar
Susana conocía la historia de Ana desde antes de enfermar. Una noche encontró a Samuel sentado solo en las escaleras de su casa, en el cumpleaños de su hermana, y se sentó a su lado sin hacer preguntas. Solo escuchó. Desde entonces, cada 14 de mayo, dejaba un pequeño ramo de flores en la puerta de Samuel, sin nota ni explicaciones.
Cuando la enfermedad de Susana se agravó, Samuel notó una mañana que las cortinas seguían cerradas al mediodía. Cruzó la calle y la encontró caída junto a la cocina. Tras darla de alta, el médico advirtió que no era seguro que viviera sola. Samuel le preguntó quién podía acompañarla y ella empezó a nombrar parientes hasta que se detuvo con una sola palabra: nadie.