Lo encontré casi inconsciente junto a mi portón, con las manos cortadas y la ropa destrozada. Durante una semana solo escribió en un cuaderno porque supuestamente no podía hablar. Cuando le pregunté si alguien lo buscaba, negó con la cabeza. Horas después, su propia madre apareció diciendo: “Llevamos dos meses creyéndote muerto”… y yo dejé el lápiz sobre la mesa.

Esa noche buscó a Lucía en redes sociales. Encontró una foto familiar. Lucía estaba junto a Andrés, que aún usaba bastón, y ambos sonreían.

Mariana cerró la aplicación.

Se dijo que ellos vivían una vida pequeña y limitada.

La idea la hacía sentir mejor.

Hasta que una mañana de septiembre su camioneta no arrancó en el estacionamiento de una plaza de Zapopan.

Tenía una junta importante. Llamó al seguro. Le ofrecieron enviar un servicio móvil mientras llegaba la grúa.

Treinta minutos después apareció una camioneta blanca.

Mariana estaba contestando correos cuando escuchó:

—Buenos días. ¿La falla es que no enciende?

Levantó la vista.

El hombre llevaba pantalón de trabajo, camisa azul y una caja de herramientas. Tenía algunas canas y una leve cojera.

Pero estaba de pie.

—Andrés.

Él la reconoció.

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