Lo encontré casi inconsciente junto a mi portón, con las manos cortadas y la ropa destrozada. Durante una semana solo escribió en un cuaderno porque supuestamente no podía hablar. Cuando le pregunté si alguien lo buscaba, negó con la cabeza. Horas después, su propia madre apareció diciendo: “Llevamos dos meses creyéndote muerto”… y yo dejé el lápiz sobre la mesa.

Mariana se enteró por una prima. Fingió que no le importaba y dijo que estaba demasiado ocupada para dramas familiares. Sin embargo, esa noche cenó sola frente a los ventanales de su departamento y dejó el plato casi intacto.

Para entonces, ella había conseguido casi todo lo que deseaba. La nombraron directora financiera de una empresa del corredor industrial de El Salto. Se mudó a un departamento de lujo en Puerta de Hierro, compró una camioneta nueva y viajaba por trabajo.

Tenía dinero, estabilidad y prestigio.

Pero no tenía paz.

Tuvo dos relaciones importantes. La primera terminó porque el hombre estaba casado. La segunda, cuando él perdió su trabajo y cayó en una depresión.

Durante una discusión, Mariana le dijo:

—No puedo cargar con tus problemas.

En cuanto escuchó su propia voz, se quedó paralizada.

Había pronunciado casi la misma frase que le dijo a Andrés.

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