Mamá la estudió.
—Siempre hablas de la operación de mamá como si todo hubiera terminado ahí —dijo Linda—. Pero mírala.
Señaló a la abuela.
—Ese verano fue a nadar con nosotras. Volvió a cuidar su jardín. Bailó en mi boda. Se quejó de mi cocina durante otros 20 años.
Mamá se rio entre lágrimas.
—Había olvidado lo de nadar.
Durante décadas, aquella fotografía había representado lo que el cáncer le había quitado a su madre.
Ahora le recordaba a mamá que su madre había seguido viviendo después de aquello.
Esperaron cuatro días.
Nadie fingió que no tenía miedo.
Mamá se recuperaba un poco cada mañana. Papá le llevaba el desayuno. Linda se quedó dos noches. Yo me encargaba de las compras y de recordarle cuándo debía tomar sus medicamentos.
La tarde del cuarto día, sonó el teléfono de mamá.