Contestó.
—¿Hola?
Observamos su rostro.
—Sí.
Hubo una pausa.
—¿Benigno?
Papá se tapó la boca.
Mamá cerró los ojos.
—Gracias.
Cuando colgó, nos miró.
—Es benigno.
Papá se dejó caer en la cama junto a ella.
—Pensé que iba a perderte.
—Lo sé.
—Lo siento.
—Eso también lo sé.
Mamá se secó la cara.
—Pero si esa llamada hubiera sido diferente, también habríamos afrontado eso.
—Juntos —dijo papá.
—Juntos. Y con todos los espejos disponibles.
Aquella noche, papá volvió a colocar el espejo de cuerpo entero. Después volvió a colgar el espejo de la cómoda y devolvió el pequeño espejo de tocador.
—¿Dónde quieres que ponga este?
—Donde estaba.
Lo colocó sobre la cómoda.
A su lado, mamá puso la fotografía de su madre.
No volvió a guardarla en la caja de zapatos.
Varias semanas después, pasé a verla y encontré a mamá de pie frente al espejo de la cómoda. La hinchazón había disminuido. Todavía se estaba recuperando y no estaba perfectamente simétrica, pero se parecía más a sí misma.