Quizá aquello era precisamente lo que tanto había echado de menos.
En algún momento de la conversación le confesé que era mi cumpleaños.
Daniel se mostró sorprendido, llamó al camarero y pidió un postre con una vela.
—No deberías terminar el día de tu cumpleaños sola —me dijo.
Cuando salimos del bar, estuvimos paseando largo rato por la ciudad. Finalmente, se ofreció a acompañarme al hotel donde había decidido pasar la noche para evitar regresar tan tarde a casa.
Lo que sucedió después era algo que no pensaba contarle a nadie.
Por primera vez en muchos años, me permití olvidar mi edad, mis hijos, mis vecinos y lo que los demás pudieran pensar de mí.
Sin embargo, todo cambió a la mañana siguiente.
Me despertaron los intensos rayos del sol y, casi por instinto, me giré hacia el otro lado de la cama.